¡Más boato! ¡Es la Monarquía!

Pese a su aparente bonhomía, el simpático presidente del Congreso, Jesús Posada, anda estos días con un cabreo de tres pares de narices por la repentina afición de la Monarquía por la racanería. Un mosqueo que es de toda lógica, dado que Posada lleva una semana doblando el espinazo para volver a extender las alfombras y recolocar los tapices con los que engalanar los pasillos del Parlamento. Cualquiera que recientemente haya hecho el cambio de temporada en su armario comprenderá el sufrimiento de este hombre, que exige a Zarzuela que se le compense el esfuerzo con una ceremonia de coronación por todo lo alto.

A los lamentos de Posada se ha unido el regio diario, ABC, que critica que “una nación milenaria”, como la nave de Han Solo, “no debe renunciar a honrarse a sí misma”. Ante el peligro de que Letizia, por muy bien que le queden, se presente en el Congreso con otro traje de Mango, el periódico avisa a la Casa Real de que la ceremonia ha de ser “sin complejos” y sin aludir a “una austeridad que no procede”, que eso es cosa de pobres.

Reclaman que se invite a mandatarios y casas reales extranjeras, aunque sea por lo viajado que ha sido el anterior monarca, que por ocio o por negocio, lo mismo se te plantaba en Botsuana que en Arabia Saudí. Los que se criaron con las películas de Disney previas al hippysmo de Pocahontas necesitan un acto con sus reyes, sus princesas y sus mandatarios internacionales. Y si dicen que el 75% de ellos no votó esta Constitución, esos mismos tampoco han visto una coronación como Dios manda; igual así se les cura el republicanismo.

Posada y compañía también quieren una comitiva real que pasee al flamante Felipe VI y señora por las calles de Madrid para que “el pueblo español arrope a su nuevo Rey”. No es de cajón que la Reina de Inglaterra haga el paseíto hasta el Parlamento en una carroza de 4 millones con incrustaciones de oro y diamante y nuestro Rey no se digne a coger ni el autobús turístico, que además de ser descapotable pasa por la Carrera de San Jerónimo.

En el fondo, lo que parece haber escocido más  es la decisión del futuro rey de no realizar ningún acto religioso con su coronación. Una idea bastante loable atendiendo a la supuesta aconfesionalidad del Estado, pero que no cabe en la cabeza de los prohombres de nuestra democracia, que sin empacho juran sus cargos ante el Rey y un crucifijo.

Si quiere mantener el trono y no convertirse en una versión española del Re di Maggio, Humberto II, al que la corona italiana le duró 33 días tras la abdicación de su padre, Víctor Manuel III, haría bien Felipe VI en desoír los pucheros del ABC y el PP. Las concentraciones republicanas han demostrado hasta ahora que les sobran los motivos.

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