Crimental en Twitter

Que levante la mano quien, al conocer la horrenda noticia del asesinato a tiros de Isabel Carrasco, pensó que había sido ETA. Me imagino pocas manos alzadas en la sala, al menos por lo que pudimos ver durante esa hora fatídica en la que hubo barra libre de especulación. Lo que dice bastante de la situación en la que está, y a la que hemos abocado, a la banda terrorista.

Sin embargo, durante esos 60 o 90 minutos del pasado lunes, cuando el juez ni siquiera había levantado el cuerpo de la interfecta, muchos irresponsables, con más lengua que cerebro, dejaron ver quiénes son para ellos los candidatos a nuevo enemigo de la democracia.  Los escraches, El Jueves, Wyoming, la crispación política y las protestas ciudadanas.

Luego, claro, pasa lo que pasa… Que las presuntas artífices del brutal asesinato son militantes del PP, que una de ellas se quedó a un puñado de votos de ser concejala popular y que el principal móvil tiene que ver con un asunto laboral relacionado con el enchufismo que campa a sus anchas en las diputaciones. Así que disuélvanse que aquí no hay nada que ver.

Pero no se vayan todavía, porque al menos podemos descargarnos con Twitter. Porque se da la circunstancia de que, en esa gran barra de bar que son las redes sociales, hay siempre algún desalmado que se alegra de la desgracia, o hasta de la muerte, del prójimo. Porque tontos y matasietes los ha habido siempre. Una actitud inmoral pero a la que también ampara el derecho a la libertad de expresión. Así que nos sacamos de la manga un “delito de apología de enaltecimiento del delito” o cualquier chorrada que tenga pátina de legalidad y mandamos a la Policía a la cacería del pajarito azul.

Si además les ayudan sus voceros, con titulares como “El día que Twitter asesinó a Isabel Carrasco”, difundiendo a un millón de oyentes lo que un colgado ha dicho a menos de 300 personas o con portadas tan infames como la que se marcó ayer el decano de la prensa, la campaña para meter mano a las redes sociales se justifica ella solita. Y todo esto después de multas desproporcionadas por insultar a un político en Internet o redadas propias de Elliot Ness contra cuatro pelagatos con menos influencia que un grafitero.

 

El Gobierno ha aprendido la lección en el pellejo de su colega el turco Erdogan, un principiante en lo que a censura se refiere, y sabe que, para acallar a la disidencia virtual, antes hay que sembrar la semilla de la justificación. Y si no, por lo menos, los tuiteros dudarán dos veces antes de darle al botón de enviar, por si acaso cometen un delito de pensamiento.

Y todo esto, repito, a raíz del asesinato de una política a manos, presuntamente, de unas compañeras de partido.  Qué no se le habría ocurrido a la delegación del Opus que ha ocupado el Ministerio del Interior si el asesinato hubiera sido obra de un desahuciado, un preferentista o un afiliado sindical. Mejor ni siquiera imaginarlo, no vaya a ser que incurra en crimental y el habeas corpus me fastidie el fin de semana.

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