La muerte no tenía un precio

En el año 2003, toda Europa se escandalizó por unas declaraciones de Umberto Bossi, entonces líder del partido italiano Lega Nord y ministro de las Reformas en el Gobierno de Berlusconi, sobre cómo tratar a los inmigrantes que llegaban a Italia por mar. “Quiero sentir el rumor de los cañones. Los clandestinos tienen que ser expulsados por las buenas o por las malas. A la segunda o tercera advertencia, ¡pum!…, dispara el cañón”. Once años después hemos avanzado bastante, ya que hemos pasado de la bravuconería a la acción y ya ponemos en práctica las sugerencias del filofascista italiano.

Las fronteras de la dignidad, como la de Ceuta, son “retrotraíbles”. Dice el ministro del Interior que los inmigrantes que, tras superar la gymkana de las balas de goma y las olas, pisaron la playa española del Tarajal no entraron en España porque la frontera de Ceuta está “retrotraída”. Lo que viene a significar que esa playa unos días es española y otros es marroquí, según convenga a la misma Guardia Civil que pinta los límites de España en el mar con balas antidisturbios.

En estos años hemos visto a presidentes del Gobierno incumplir el programa electoral que les llevó al poder porque la frontera del compromiso con sus votantes la marcaba ahora “la realidad”. Creíamos que el límite de lo aguantable para un ministro era falsificar su tesis doctoral y tenemos a una encargada de la Sanidad que viajaba gratis a Disneyland a lomos de una trama corrupta. Y hemos asistido al espectáculo de un ministro de Educación y Cultura insultando a todos los sectores a los que debería defender sin que eso le costara el cargo.

Demasiadas líneas rojas rebasadas a las que nos hemos acostumbrado. Sin embargo, si aún quedaba un mínimo de esperanza en la dignidad de nuestros gobernantes, se ha esfumado con los sucesos de Ceuta. Si pensábamos que la muerte tenía un precio y hasta ahí podíamos llegar, los cadáveres de 15 inmigrantes ahogados nos han demostrado que nos equivocábamos.

Todavía tenemos tragaderas para que el jefe de la Guardia Civil no sólo nos mienta en nuestra cara, sino que además se atreva a amenazar con “querellas criminales” -subrayando lo de criminales- a quienes digan la verdad: que sus agentes dispararon balas de goma. Para permitir que el ministro no le eche y que nos cuente la historia de que las sacrosantas fronteras del Imperio cambian en función de cómo sople el viento.

Aún somos capaces de aguantar que el Gobierno de la transparencia nos venda la moto con unos vídeos editados cutremente en el Moviemaker. Que expulsen ilegalmente a los inmigrantes por la puerta de servicio de la democracia, o arrastrados con una lancha como si fueran perros con correa. Y podemos seguir creyéndonos un país civilizado con 15 muertos sobre nuestras conciencias.

Resulta paradójico que seamos el país con el Gobierno más próvida de Europa, cuando los inmigrantes mueren en nuestras playas; los enfermos, en los pasillos de los hospitales, y las familias pobres, intoxicadas por los tapones que recolectan.

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Una respuesta to “La muerte no tenía un precio”

  1. Xose Andabao Says:

    ¡EXCELENTES reflexiones!

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