Cobardía y miedo

No les pareció suficiente batirse el cobre día y noche con los antidisturbios de la Guardia Civil para defender lo que por derecho era suyo. Se enfundaron sus cascos y sus monos y cruzaron a pie la enorme distancia que separaba las cuencas que les daban de comer de la capital donde estaban los que jugaban con su futuro. Fuimos miles los que les recibimos a las puertas de Madrid, con el corazón encogido y las manos hinchadas de aplaudir. Con ellos caminamos el último tramo de su Marcha Negra, hombro con hombro, compartiendo a partes iguales ilusiones y botellas de agua para saciar el calor de un julio madrileño. Queríamos ver en estos valientes un ejemplo de lo que no nos atrevíamos a hacer.

Pero no todo fue gallardía, porque de siempre han temido al sector obrero más organizado que existe en España. Cobarde fue la recepción de la alcaldesa Botella, que les negó todo espacio público para descansar tras su odisea, mientras que a los peregrinos papales se les daba barra libre en colegios y transportes públicos. Pusilánime fue la afrenta del ministro Soria, que respondió a sus peticiones presumiendo del “abultado presupuesto” que recibían. Y mendaz fue la burla de la presidenta Aguirre, cuestionando el apoyo de los madrileños a los mineros: una dirigente tan cobarde que después dejó (un poco) la política jugando con la duda de una trágica enfermedad.

Un año después, los mineros han vuelto a recordarnos la valentía que hace falta para bajar cada día a esa trampa mortal que ellos llaman trabajo. Una mina que se ha cobrado seis muertes como pago por el negro mineral que tanto cuesta arañar. Y que nos deja historias valientes como la de Orlando González, quien estuvo en la Marcha Negra y que se dejó la vida intentando rescatar a unos compañeros para los que ya no quedaba esperanza.

Nada ha cambiado en este tiempo y nuestros políticos no han enmendado su cobardía. El ministro Soria juega al despiste con los periodistas para que no quede constancia de la repulsa que produce entre los mineros. Visita a los heridos a hurtadillas pero ni eso vale para que le reciban con desprecio.

Dice que falta a sabiendas al funeral de los muertos porque “no es el momento de polemizar”. Algo parecido ha dicho su compañero, el presidente de Castilla y Léon, pero él al menos sí ha estado en Santa Lucía del Gordón, aguantando estoicamente los abucheos e insultos.

No es cuestión de polémicas, sino de saber llevar el cargo, para lo bueno, pero también para lo malo. Es una cuestión de cobardía. Pero, al menos, surge una esperanza: el miedo ya está cambiando de bando…

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