Dictadura con contrato temporal

La descomposición de una democracia, como la caducidad de los yogures, no es algo sobrevenido de un día para otro. Se trata de un proceso paulatino que arranca mucho antes de la fecha impresa en el envase. ¿Cuándo empezó a pudrirse la nuestra? Pues probablemente fuera en mayo de 2010, cuando el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se presentó en el Parlamento con un paquete de medidas económicas al dictado de Europa.

Aquel primer recortazo, que en nada tenía que ver con las ideas que deberían haber guiado a un presidente socialista, supuso un primer engaño a los votantes de una lista que después alargaría Mariano Rajoy. Se había abierto la veda.

Muchos alegarán que, de no haber tomado Zapatero esas medidas, España sería un país -aún más- arruinado e intervenido. Es el mismo argumento ad consequentiam que usa ahora Fátima Báñez cuando afirma que, de no existir su reforma laboral, aún habría más paro. Es imposible saberlo.

Lo que sí podemos intuir es que, si Zapatero se hubiera plantado y hubiera convocado elecciones para afrontar el reto económico, el que viniera después sería más consciente de lo que supone el compromiso adquirido con los votantes. Por no hablar de que el PSOE no estaría pasando las penurias que ahora sufre.

Sin embargo, la situación sólo podía ir a peor. De un presidente que no quiso preguntarnos por cómo tapar el agujero económico, a otro, Rajoy, que nos hizo promesas como si el boquete no existiera. Y luego se hizo el sorprendido cuando se sentó con los pies colgando al borde del cráter. Porque pasar de 70.000 millones a 90.000 millones de déficit no cambia todo un programa electoral, más aún cuando los responsables del aumento son tus manirrotos compañeros autonómicos.

Años después de esta estafa, conocemos que Mariano Rajoy en sus ratos libres de presidente se mensajeaba con un delincuente. En su defensa, el presidente alegó que “el Estado de Derecho” – o sea, él- “no se somete a chantaje” y que va a “cumplir el mandato que me han dado los españoles”.

Nuestro presidente se convierte así en una especie de dictador con contrato temporal, como un Primo de Rivera al que, en lugar de contar con el visto bueno de un Alfonso XIII lo hace con el del pueblo para hacer y deshacer a su antojo durante cuatro años. Al menos, hemos avanzado en laicismo. Hemos pasado de la fórmula “por la gracia de Dios” a la del “por mandato de los españoles”.

Y en estas irrumpe en escena el escriba del Reino, Francisco Marhuenda, para explicar que, como los Hermanos Musulmanes, legítimos ganadores de las elecciones en Egipto, intentaron implementar un programa para el que no habían sido elegidos, el Ejército golpista “es más democrático que ellos”. ¿Habrán tomado nota en Moncloa de lo que dice el “amigo” declarado de Rajoy?

Artículo publicado en El Plural

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