Parados condenados a galeras

Junto a los turistas acangrejados y los jamones, los españoles somos especialistas en la producción de parados. Con un masa que supera ya los seis millones de desempleados, sería un pecado no sacarle partido a tanta mano de obra desaprovechada. Ya lo supo ver Franco cuando decidió levantarse una lápida indirectamente proporcional al tamaño de su altura -tanto física como humana- y sus herederos ideológicos en Madrid han seguido en cierta medida el ejemplo. A falta de presos republicanos, los parados, las víctimas de la actual guerra de clases -la crisis que se convirtió en estafa o viceversa-  podrán ser usados como empleados en los Ayuntamientos.

Por supuesto, no serán contratados -porque eso es cosa de rojos keynesianos– sino que se convertirán en mano de obra gratuita a cambio de seguir cobrando el paro.  Porque ya se sabe que son unos mantenidos a los que no se les saca provecho, aunque en realidad el dinero que están recibiendo sea suyo y se lo hayan quitado cuando trabajaban, mes a mes, para pagarse su propia prestación.

Dice la consejera del Paro madrileña, Ana Isabel Mariño, que es para que “no se oxiden”, como si fueran unos trastos herrumbrosos que no saben sacarse partido.  Es la misma lumbrera que empezó el “proyecto piloto” de que sus oficinas de empleo ofrezcan trabajos antes a los que aún cobran la prestación. Será porque los que no cobran nada ya están “oxidados”, y además no nos cuestan un pico.

Se podrá contratar hasta un máximo de 100 parados por Ayuntamiento y será para “trabajos temporales de colaboración social”. El alcalde de Alcorcón, el inefable David Pérez, ha sido el primero en pedir su propio cargamento. Y a la vista de que Eurovegas podrá saltarse cualquier ley por su “interés económico”, ya pueden apostar dónde acabarán “colaborando socialmente” estos semiesclavos del siglo XXI.

Si obviamos la náusea que produce esta especie de trabajos forzosos, el resto son todo ventajas. Los Ayuntamientos, máquinas de destruir empleo público, podrán incluso contratar gratis a trabajadores que previamente hayan despedido. Así, un barrendero al que hayan dado la patada podrá seguir limpiando las mismas calles de antes, pero ahora sin contrato, sin cotizar para su pensión futura y perdiendo, mes a mes, su paro.

Pero no se vayan todavía, porque además, de rebote, se reducirá el nefasto número de parados, ya que durante el tiempo en que trabajen para su nuevo amo no contabilizarán en las listas del antiguo INEM. A la espera de que se invente una nueva estadística para cuantificar a estos pringados-que-no-parados, esta gente vivirá en un limbo.

Esto de cambiar de sopetón la denominación de parado no es un invento nuevo. Ya lo llevó a cabo José María Aznar bajo amparo europeo para que en 2001 se quitara de las estadísticas, de un plumazo, a medio millón de desempleados. Esto convertiría su mejor dato de desempleo, un 10,94% en el tercer trimestre de 2001, en un camuflado 13,31%.

Así que resulta que el milagro no era Aznar, sino la metodología usada para contar parados. Y ahora, ya que la Virgen del Rocío se niega a venir a vernos para darnos trabajo, como le pidió la ministra Báñez, tendremos que conformarnos con las galeras.

Artículo publicado en El Plural

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