Morir de miedo

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De niño era muy vivaz. Mi abuela prefería el término “culo inquieto” y solía perseguirme por el corral para que no escalase en el remolque de mi abuelo y cejase en mi empeño por poner en marcha el tractor. Sus advertencias siempre acababan con la coletilla: “Al final tendremos que ir a San Pedro”. Ella, aunque siempre ha sido muy religiosa, no se refería al primer Papa de la Iglesia, sino al municipio de San Pedro del Arroyo, el punto más cercano con servicio de Urgencias nocturnas a nuestro pequeño pueblo abulense.

A pesar de todo, no fue hasta mi decimotercera Navidad cuando conocí en persona aquel servicio médico. Recorría con mis amigos las cuatro calles del pueblo pidiendo el aguinaldo cuando empecé a notar unos extraños picores por la lengua, los labios y el cuello. Siendo 28 de diciembre, al principio me costó convencer a mis padres de que estaba sufriendo una reacción alérgica. Pero enseguida me metieron en un coche que cruzó volando los 20 kilómetros de penosas carreteras que nos separaban de San Pedro del Arroyo.

Allí nos estabilizaron: a mí, que resulté ser alérgico a la penicilina, y a mis padres, que estaban de los nervios. De lo contrario, no sé si habría llegado sano y salvo hasta el Hospital de Ávila. No tanto por la reacción, sino por el peligro que implicaban dos progenitores histéricos conduciendo durante 50 tortuosos kilómetros.

Peor suerte tuvo Antonio Moreno, vecino del pueblo extremeño de Madroñera. Cuando tuvo su primer infarto le salvaron la vida en el Punto de Atención Continuada (PAC) -que es el nombre técnico de las Urgencias rurales-. Poco después sufrió un nuevo ataque, pero José Antonio Monago, presidente de la Junta, ya había cerrado el PAC, junto a otros 20 centros. Su hijo le metió en un coche para llevarle al hospital de Trujillo. Pero en algún punto del trayecto, Antonio murió y su hijo sólo pudo entregar un cadáver.

Castilla-La Mancha es una de las provincias donde el cierre de las Urgencias ha sido más sangrante a cambio de ahorrar un miserable millón de euros. ¿Miserable? Quizás no para usted o para mí, pero sí para Cospedal, que cobra la cuarta parte de esa cifra cada año. Su consejero de Sanidad asegura que en tiempos como estos “los médicos tienen que estar donde más vidas puedan salvar”. Estamos en guerra y no lo sabíamos.

Al parecer, vale más la vida de un ciudadano de la capital provincial que la de un pueblerino, aunque paguen sus impuestos de la misma manera. Y tras los cierres de Castilla-La Mancha y Extremadura vienen los de Castilla y León, Murcia, C. Valenciana, Navarra…

Como antes el funcionario o el dueño de una nómina, campesinos y ganaderos son ahora los nuevos privilegiados a batir. Con su huerto, su aire puro y huevos frescos por la mañana. Y a falta de un anillo malvado, la derecha opta por la herramienta de sumisión más antigua que conoce el hombre: el miedo. Miedo para gobernarnos a todos, miedo para dominarnos. Miedo para atraernos a todos y atarnos a la miseria.

Pánico a morir de un infarto nocturno, a atragantarte mientras cenas. Temor a tropezarse cerca de los arados del tractor, o a caerse desde un tejado y partirse la crisma.

Miedo a que tu propia lengua te asfixie y acabes tus días siendo sólo un cadáver más en la parte de atrás de un destartalado Renault 11. Y tus padres tengan que verlo.

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Una respuesta to “Morir de miedo”

  1. FVR Says:

    ¡Ay Dolores! ¿Por qué miente Rajoy?

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