El niño del tambor

El 14 de junio de 1808, durante la Guerra de Independencia, las tropas napoleónicas volvieron a salir de Barcelona con intención de llegar a Zaragoza y Lleida. Diez días antes habían sido derrotadas a las puertas de Montserrat, en el paso del Bruch, por un grupo de voluntarios muy inferior en cantidad. Cuenta la leyenda que, en esta segunda intentona, los soldados franceses volvían a doblar en número las fuerzas de sus adversarios, pero volvieron a perder, esta vez por culpa de un chaval. Concretamente un niño que, armado solo con un tambor, aprovechó el eco de las montañas de Montserrat para que las tropas napoleónicas huyeran despavoridas, creyendo que una multitud de tamborileros, con sus respectivos regimientos, les esperaba emboscada en el terreno.

Dos siglos después, el eco de miles de catalanes pidiendo la independencia llega hasta Madrid y hace temblar los cimientos de la España más profunda. En los bares, las oficinas y las casas, “los españolitos” de Mecano levantan la mirada de la última letra de la hipoteca que no podrán pagar y se preguntan entre sí: “¿Qué te parece que Cataluña quiera independizarse?”

“Pues muy mal”, responde la mayoría. Algunos incluso se atreven con un “por encima de mi cadáver” y amenazan con liar la Dios es Cristo, dejar a medias la partida de petanca y acampar con los tanques del Ejército en la plaza Catalunya.

La pérdida de Cataluña sería una desgracia para España de proporciones gigantescas. En términos materiales representaría la puntilla para la depauperada economía española. Los números están guardados a cal y canto, pero todo hace sospechar que, efectivamente, Cataluña da más de lo que recibe. España perdería uno de sus principales motores de crecimiento y buena parte de las empresas más importantes.

Pero socialmente la pérdida sería dramática, y no sólo por la patochada de los jugadores catalanes de La Roja. Cataluña es el principal nexo con Europa y la puerta por la que entra más aire fresco en esta España cañí. Sin su aportación de votos de izquierda al Parlamento español nos quedaríamos a solas con las Aguirres, los Aznares y los Toni Cantó. Tendríamos que decir adiós a la tierra de Gaudí, Dalí y Miró.

Con la que está cayendo, el deseo de huir es algo comprensible, bien sea independizándose, emigrando o huyendo al pueblo para vivir del huerto y las gallinas. Pero el malestar catalán lleva creciendo desde mucho antes de la crisis y esta vez parece que va en serio. Quienes se echaron a las calles el martes, quienes apuestan por la independencia en las encuestas, no son los garrulos de la patria chica que intentan pintar desde la caverna. La mayoría son jóvenes, con estudios y con la vista más puesta en Europa que en España.

El número de independentistas sigue creciendo y están a un paso de convertirse en mayoría. Una vez que eso suceda, ¿qué argumentos va a usar la España carpetovetónica para imponer la unidad de España? Desde luego, imaginación no les falta: aseguran que a la marcha “sólo” fue un millón y medio de catalanes en una comunidad con siete millones de habitantes. Entonces, ¿por qué no piden la dimisión del Gobierno del PP si no le votaron 37 millones de personas? ¿Qué sacrosanta Constitución va a impedir que un pueblo elija su destino cuando la Carta Magna se cambia en una tarde para imponer el pago de la deuda frente a los servicios sociales?

Artur Mas no es santo de mi devoción, pero este jueves ha dicho algo en lo que tiene toda la razón: “Que no se cometa el peor error, que es minimizar lo que está ocurriendo”. Es urgente reconducir las relaciones entre España y Cataluña; pero hay poco espacio para la esperanza con un presidente del Gobierno aficionado a escapar de los problemas.

Rajoy, como las tropas napoleónicas en 1808, va camino de equivocarse, pero de manera totalmente diferente. Corre el riesgo de creer que lo de Cataluña es sólo una “algarabía”, un niño dando la lata con un tambor. Nada más lejos de la realidad.

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Una respuesta to “El niño del tambor”

  1. ermi Says:

    muy interesante,pero ¿Independientes para todo?¿nosotros tembien nos independizamos de ellos^?

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