No hay alternativa

Como un goteo incesante, el mensaje medular del Gobierno de Mariano Rajoy ha ido calando en muchos españoles hasta los huesos. La excusa del Ejecutivo de que no hay más alternativa que sus medidas es aceptada con los ojos cerrados por muchos ciudadanos. Se están dejando embaucar en una mentira similar a la que les hizo creer que la elección del registrador de la propiedad les sacaría de la crisis, de la miseria.
“A mí menos que a nadie me gustan estas medidas, pero no hay otra opción”. “Estamos haciendo lo que hay que hacer, aunque no nos agrade”. “Esto me gusta menos a mí que a ti”. Argumentos de maltratador social que suelen hacer mella en el maltratado. Una sociedad víctima que, ante la irracionalidad de tanto daño, se aferra a la culpabilidad como una explicación. Y acaba reconociendo que ha vivido por encima de sus posibilidades.Con la inmensa mayoría de periódicos y televisiones rendidos a sus pies, Rajoy y sus chicos podían haber elegido cualquier otra estrategia comunicativa y hubiera tenido éxito. Por ejemplo, explicar a los ciudadanos que hacen lo que hacen porque creen que es lo más beneficioso. Que piensan que recortar aquí y no allí traerá un futuro mejor a España. Que, en definitiva, lo hacen porque es su ideología.Tener una ideología, de por sí, no es malo. Todo el mundo la tiene, aunque no sea política. Es un conjunto de convicciones que nos guía para tomar decisiones. Unos eligen tomates orgánicos en el super por su conjunto de ideas, y otros deciden que prefieren ahorrarse 500 millones dejando morir enfermos a los inmigrantes irregulares en vez de dejar de pagar a los profesores de religión en los colegios públicos.

Sin embargo, el PP no quiere mostrar que tiene una ideología por dos razones básicas. La primera es que no terminan de estar orgullosos de ella. Lo mostraba este jueves el director de La Razón, Francisco Marhuenda, cuando se ofendía en Al Rojo Vivo porque un tertuliano aseguraba que los recortes de Rajoy tenían un claro sesgo ideológico. “Eso es un insulto”, proclamaba el periodista, “¿o es que pensáis que Rajoy es mala persona?”.

Por otra parte, si descubres que tomas una decisión porque crees en ella, eso significaría que hay otras posibilidades, aunque a ti no te gusten. Y los ciudadanos podrían empezar a escucharlas. De hecho, muchos están ansiosos por buscar alternativas, algo que demuestra el interés que ha levantado Sánchez Gordillo ahora, cuando lleva más de 30 años gobernado Marinaleda sin cambiar su discurso político una coma.

Hacer creer a los ciudadanos que no hay alternativa es beneficioso para el Gobierno, pero solo a corto plazo. A la larga es un suicidio. Porque los españoles ya llevamos mucho tiempo aprendiendo lo que es el sacrificio. Hemos vuelto a disfrutar las vacaciones en el pueblo de los abuelos, la ropa nos dura unos años más, los Reyes Magos no vendrán este año en muchas casas y al charcutero le pedimos chóped y “las lonchas muy finitas”.

Pero cuando los sacrificios consistan en “no comer para ahorrar”, como pedía a sus ciudadanos un ministro bosnio, cuando se pierda el derecho a salvar el pellejo en un hospital, en definitiva, cuando ya haya desaparecido toda esperanza… ¿quién va a respetar a un Estado que ni siquiera les garantiza despertar un día más con vida?

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