¡Gooool!

Es solo un instante, que vale, no mil, sino un millón de palabras, mil editoriales y cien portadas. Mariano Rajoy con los puños en el aire, cerrados hasta el dolor y el reloj de la muñeca dado la vuelta, víctima de la celebración. La corbata descolocada, la camisa a punto de estallar y la boca torcida hacia la derecha, como en un eructo ominoso que suena a “¡Gooool!”. Sé que ha pasado casi una semana, pero yo todavía no puedo quitarme de la cabeza esa fotografía. Repetidamente viene a mi cabeza y me atormenta, me indigna, me hierve la sangre. Y de hecho, todo lo que hemos vivido durante estos cinco días no hace sino confirmar lo inoportuno de que Rajoy se fuera a hacer el hooligan a Polonia mientras que Europa venía a rescatarnos.

Nunca me ha gustado ver a políticos en los palcos. No entiendo qué pinta José María Aznar cada dos por tres en la tribuna de honor del Santiago Bernabéu. La excusa de que allí se llevan a cabo los negocios más importantes de España incluso lo hace más sospechoso. Y, sinceramente, me duele que haya gente pagando cientos de euros para ver un partido de su equipo y Aznar lo haga de gorra sólo por haber tenido responsabilidad política hace una década.

Zapatero también se ha lucido en este campo. No por hooligan, aunque bien que le llovieron palos por dar un par de botes en La Moncloa con los campeones del mundo. Pero el gesto de hacer coincidir su reforma laboral con el debut de España en el Mundial es la peor mezcla de deporte y política que habíamos visto… hasta la fotografía de Rajoy en el palco de Gdansk.

Mientras España era rescatada el sábado –o sus bancos, si lo prefieren, pero ya veremos quién acaba pagando la cuenta- La Moncloa nos informaba de la agenda de Mariano Rajoy. ¿Para comparecer a explicar el préstamo europeo de 100.000 millones de euros? No, qué va, para eso está Luis De Guindos. El presidente se iba a Polonia a ver el fútbol.

El domingo Rajoy rectificó. ¿Se quedaba en España para trabajar? No, qué va. Cambió de opinión en lo de dar la cara y programó una rueda de prensa. Eso sí, de 20 minutos para que no se le escapara el jet a Polonia. ¡Y vaya rueda de prensa! Mediocre, plagada a partes iguales de mentiras y palabras huecas, y con momentos para la antología del ridículo.

Nos había mentido unos días antes, cuando dijo que “en absoluto habrá un rescate a la banca española”, y nos volvió a mentir el domingo al asegurar que “esto no afecta en absoluto al déficit”. Ayer Eurostat certificó que los intereses de los 100.000 millones de euros sí irán a déficit. A un nivel similar a los recortes que ya hemos hecho en Educación.

Pero, ¿y el préstamo? Rajoy dice que lo pagarán entero los bancos. Aunque fuera verdad, algo poco creíble en nuestro presidente, ¿de dónde van a sacar 100.000 millones unos banqueros que viven sobre un agujero? ¿Van a coser a comisiones a sus clientes? ¿En qué nueva burbuja nos van a meter? ¿Pero qué invento es éste? ¿Nos van a explicar algo?

Con este panorama previo, ¿por qué decide irse Rajoy al fútbol? Primera razón: “Porque me ha invitado de forma muy especial el primer ministro polaco”. ¿Especial? ¿Con una paloma mensajera? ¿Con una carta perfumada? Sea como sea de especial la invitación, seguro que se puede rechazar educadamente. El miércoles decía un eurodiputado británico que “Rajoy es el líder más incompetente de toda Europa”. Si esto fuera verdad, el polaco Donald Tusk sería, por lo menos, un poco más listo que Rajoy y entendería que se hubiera quedado en España a trabajar.

Segunda razón: “Esto es opinable. Si no voy, ‘por qué no va’; si voy, ‘por qué va’. Pues mire, al final voy”. ¿Quién? ¡Quién! ¿Quién le hubiera criticado por no haber ido al fútbol? Si estamos acostumbrados a que esté desaparecido. ¿De verdad piensa que algún español, mientras estuviera viendo el partido, se iba a fijar en el palco y a decir a la parienta: “oye, qué vergüenza, Rajoy no está ahí”? Más bien todo lo contrario. Yo vi el partido en un bar con italianos y cada vez que el presidente salía en pantalla se oía de todo menos bonito. En ambos idiomas.

Tercera razón: “Uno puede pensar que si se queda en casa se ve mejor, y además podría ver a Nadal ganar a Djokovic esta tarde, que no lo podré ver, desgraciadamente para mí”. ¿Pero quién asesora a este hombre? ¿Bertín Osborne? ¿Arévalo? ¿Los dos entre función y función? No tenía bastante con insultarnos con ir al fútbol que también se queja por no ver el tenis. ¿No sabe que muchos españoles ya le tenían por un hombre de siesta, puro y Marca? ¿No ve que así incrementa esa nefasta imagen de sí mismo?

Última razón y la menos ridícula: “Me voy a la vista de que la situación está resuelta”. Es decir, no era ridícula en ese momento, pero ahora, con perspectiva… Esta semana, los indicadores de la economía han ido batiendo todos los récords negativos y nos han sacado cantares en Europa (¡y hasta en Australia!) por su chulería presumiendo de negociador y por su escapada al fútbol.

Mientras se escriben estas líneas, la prima de riesgo ya ha pasado la frontera de los 550 puntos y, lo peor de todo, el interés del bono a diez años ha llegado al 7%. Unas cifras que no nos permitirán financiarnos como país y que, a este paso, nos abocarán a pedir un rescate de los de verdad, de los que duelen.

Si este mes de junio sigue siendo así de nefato, a lo mejor acaban rescatándonos el 1 de julio como a Grecia y Portugal. Sería toda una suerte para Rajoy, otro genial “éxito” de su gestión política y su capacidad de “presión”. Y si las cosas le van bien a ‘La Roja’, a lo mejor el presidente puede celebrarlo otra vez yéndose a la final de la Eurocopa en Kíev. Con Rajoy, todo es posible.

Marcos Paradinas es redactor jefe de El Plural

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