El toro de Falaris

Hace más de 2.500 años vivió en Sicilia un tirano de nombre Falaris, que gobernó sobre la ciudad de Acragas, hoy en día conocida como Agrigento. Falaris se labró a pulso una fama de gobernante despiadado y de él hasta se decía que comía bebés. Cuenta la leyenda que, ansioso de prosperar en la vida, el escultor griego Perilo se devanó los sesos para crear un ingenio que vender al despiadado tirano. Finalmente, consiguió crear un gran toro de bronce, hueco por dentro, con unas pequeñas válvulas en el morro y una puerta en el vientre. El instrumento serviría para torturar y matar a las víctimas de Falaris, a base de introducirlas en la efigie para después ser colocada sobre brasas.

Los condenados se cocinarían dentro y sus gritos de desesperación saldrían por el morro del toro, haciendo parecer que el animal mugía. Cuando le presentó su invento, Falaris quedó encantando con la creación, pero no se fiaba del funcionamiento. Así que, no habiendo nadie a mano más que  Perilo, decidió estrenar con él su propia obra y el escultor vio evaporarse su ambición dentro de una olla exprés arcaica.

Hace unos meses, muchos españoles de clase media y obrera votaron a la derecha quizás creyendo que ésta sabía más de los dineros, arreglaría la crisis y algo de sus migajas caería sobre ellos. En cierto sentido, compartían con Perilo esa modesta ambición, y ahora se echan las manos a la cabeza ante las subidas de impuestos, los sueldos congelados, los servicios públicos recortados y las prestaciones eliminadas.

Pero al igual que al escultor griego, no se puede culpar a estos votantes sólo de avaricia, porque su error también fue propiciado por la ingenuidad. Perilo, al menos, tenía la excusa de que en su época no existía Internet, y podía no haberse enterado de la crueldad del tirano. Aunque este punto es poco creíble cuando decides vender al sátrapa local la última tecnología en tortura.

En cambio, a los españoles se les avisó por activa y por pasiva del guión que escondía Rajoy durante la campaña electoral, pero decidieron hacer oídos sordos. Además, tenían sobradas pruebas de la que se nos podía venir encima. No en vano, quienes ahora tienen el control del Gobierno son los mismos que han llevado a la Comunidad Valenciana a la bancarrota. Y el Ministerio de Justicia ha servido para cumplir el capricho de un alcalde que ha dejado en Madrid una agujero de 7.000 millones de euros.

Si los casi 11 millones de votantes del Partido Popular fueran unos potentados, asiduos al limpiabotas del Ritz como Javier Arenas, podría entenderse el sentido de su voto. Pero es evidente que en España no andamos tan sobrados de ricos.  Y sin embargo, nada más llegar a La Moncloa, nuestro Falaris contemporáneo, Mariano Rajoy, ha aprovechado para meter en su horno particular a todos los asalariados, que una vez más son los pringados que pagan el pato para salir de la crisis.

En cierto sentido, es lógico cebarse con los más débiles. Con los ricos corres el riesgo de que  no sepan por qué les pasas el cepillo, ya que la crisis les ha pasado de largo. La venta de coches para curritos sigue cayendo, pero la de vehículos de lujo se ha doblado en 2011. Las grandes fortunas españolas crecieron un 6% el año pasado. Y la desigualdad entre el 10% más rico y el 10% más pobre ha vuelto a aumentar: ahora ese segmento cobra 11,9 veces menos que los más desfavorecidos.

Queríamos que nos sacasen de este cenagal los representantes de quienes más se están beneficiando de la crisis. El pasado 20 de noviembre, los españoles le regalamos a Mariano un toro enorme en forma de pensión completa en La Moncloa. Y ahora, a muchos, les ha pillado por sorpresa el olor a chamusquina en el que se están cociendo. Disfrutemos lo votado.

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3 comentarios to “El toro de Falaris”

  1. Jose Luis Says:

    Brillante.

  2. parladoiro Says:

    ¡genial!

    nos cuecen y pagamos el aceite, las brasas, las cerillas…

  3. jose Says:

    el resultado que tenemos hoy, y ese olor a chamusquina que dices, no es más que el dejado tras los 8 años de gobierno socialista, pues quemaron todo nuestro dinero para cocinarnos a fuego lento.

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