Vasos comunicantes

Cuando uno ha conocido a todos sus bisabuelos y bisabuelas (excepto a aquellas que no soportaron el duro trance que era parir a principios del siglo pasado) e incluso a una tatarabuela, puede considerar que va un poco por delante del ciclo natural de la vida. Quizás sean las condiciones de la Moraña abulense, pero todos mis abuelos siguen vivos y con unas magníficas condiciones que, si bien no les permiten seguir matando gorrinos, al menos les llegan para seguir curando chorizos caseros y proveyendo de membrillo a la familia.

Siempre veré esta situación como un privilegio que espero que se siga manteniendo durante mucho tiempo. No obstante, esta ventaja también me ha privado a lo largo de esos años de tener que pasar el trance de la muerte de alguien cercano. Una desgracia por la que todo el mundo acaba pasando, pero una experiencia vital, al fin y al cabo. “Das mich nicht tötet, bildet mich stärker” que decía Nietzsche, o “Lo que no me mata, me hace más fuerte”.

Sin ese trauma a las espaldas, es muy sencillo proclamarse ateo o agnóstico y afirmar que la muerte es el único más allá. Que no hay nada al otro lado del túnel, y lo mismo ni siquiera existe el túnel. Con el pasado a una hora y media por autopista, no hay razón para preocuparse por paraísos celestiales.

Y hete aquí que la experiencia me llega interpuesta cuando es mi otra mitad la que pierde a un ser querido. A alguien a quien, como dijera ella, “han querido tantos y tanto, que se ha librado una guerra entre el cielo y la tierra, que al final ha ganado el cielo”.  Y yo, sin un miserable bagaje con el que consolarla, sólo tuve la opción de sentir junto a ella todo ese dolor desconocido.


Porque su adoración y amor por su abuela eran tan grandes que no tuve otra alternativa, ni la quise, que la de admirarla y quererla yo mismo sin haberla conocido en persona. Quizás sería más correcto decir que fue sin haberla visto. Porque no se puede admirar a alguien sin conocerle, y yo la conocía a través de las historias que mi novia me contaba, por las cariñosas imitaciones que hacía de ella al contar las anécdotas que cada día traía del hospital.

Por la misma teoría de los vasos comunicantes, sufrí con ella esa ausencia, esa “pérdida de mis raíces” Su dolor era tan grande que no cabía dentro de ella y me traspasó a mí a fuerza de abrazarla. Y entendí la necesidad que tenemos de creer que habrá un más allá lleno de terrazas volcadas a una noche madrileña bajo la que ver las estrellas con nuestros seres perdidos.

P.D. Rafael Fernando Navarro optó en su día por ser filósofo y rechazar todo aquello que no entrara en el mundo de la razón. Eso posiblemente le impida aferrarse a un más allá, lo que desde luego le permite poner todos sus sentidos en este más acá, tantas veces feo y cínico pero que él convierte en poesía usando una increíble prosa.


Tiene que ser duro abrazar el escepticismo cuando tu cuerpo es débil. Cuando la muerte no se siente como un hálito frío sino que amenaza con usar cualquier brisa fresca como vehículo hasta tus débiles pulmones.  Tengo el privilegio de leer antes que muchos todas y cada una de las bellas columnas con las que colabora en El Plural. Y en ellas no ha tenido complejos en hablar de su particular cruz, del peligro que veía en agosto de 2009 al Macguffin de la Gripe A: “Tal vez este otoño la gripe de Trinidad Ministra se me suba a los pulmones podridos de enfisemas. Que alguien le preste un poco de luto a mis cenizas”.

Y Rafael ha seguido aguantando. Ahora lleva un tiempo sin escribir, pero promete que en breve lo seguirá haciendo y me llena de alegría como a todos los que le admiramos saber que está mejor. No podemos esperar a leerle.

Porque cierto es que “uno puede morirse entre los pinos soñando que mañana…”, pero no hay ninguna prisa, querido amigo.

4 comentarios to “Vasos comunicantes”

  1. Mª Dolores Amorós Says:

    Precioso y emotivo artículo, querido Marcos. Cierto es que, en el momento de la huida para siempre y sin quererlo de un ser querido, el instinto de corservación nos impele a pensar que no todo puede acabar en ese momento. Eso es inmensamente doloroso. Pero tampoco puedo pensar en nada más acá del que vivimos, por muy desagradable y penoso que sea.

    Es una suerte, y muy grande, la que tienen aquellos que la fe les posee y descansan sus ansias en la confianza de un más allá. ¡Qué más quisiera yo!. No, estoy convencida de que somos nacidos para morir. Y en su transcurso, que es la vida, unos somos “probados” más que otros en enormes sufrimientos y dolorosos quehaceres. la ‘heimarmene? griega, el destino, es así. O lo seguimos de la mejor forma posible o nos arrastra despedazándonos. Y el final es el mismo.

    Por ello, la enseñanza de los helenos es aceptar la vida como quiera ofrecérsenos, y hacerlo de la mejor manera posible. Y en el final está todo. No hay más. ¡Ojalá lo hubiera, o en ello pudiera creer!

    Apoya y comprende a tu pareja, amigo. Es lo que debes hacer; que se sienta querida y, sobre todo, comprendidad en su dolor. Tú también te sentirás mucho mejor.

    Y como tú y otros, espero con ansia la belleza de la palabra de Rafael Fernando Navarro. ¡Qué gran persona!

    PD. No me es posible entrar en el nuevo formato de El Plural; no me reconoce la contraseña, y a estas horas no sigo probando ya. Es tarde y estoy cansada.
    El formato actual esa precioso. Tiene aspecto joven y dinámico. Me gusta mucho.

    Un abrazo.

  2. ermi Says:

    muy emotivo y bonito. tu siempres estas ahi. la foto tambien emocionante. hay que recordar el pasado y siempre tenerlo en cuenta. pero¿ para que aferrarse al mas alla? .hay que aferrarse al mas aca, que es lo que queda. besos.

  3. MARIA Says:

    Muy bonito y entrañable artículo Marcos. Me alegro que tadavía no hayas pasado por el trance de perder a ningún familiar directo. Disfruta de ellos mientras puedas, seguro que ellos te lo agradeceran.

  4. nutri Says:

    Marcos, he dejado pasar algunos días antes de decirdirme a leer este artículo porque pensaba que me dolería menos. El caso es que me duele lo mismo o más y cada vez que lo leo acabo llorando. Gracias por ayudarme a sacar este dolor no sólo con tus abrazos sino también con tus palabras.
    No sé si ella estará en el más allá o en el más acá, lo que sí que sé es que ella está aquí, en mí, junto a mí, en cada paso, palabra, meta y sueño… porque ella fue y es parte de mi origen.

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