Los Sims como metáfora vital

El otro día me descargué el videojuego The Sims 3 para el iPhone. Para los paganos, el juego consiste en crear una persona virtual y dirigir su vida. El “sim”, al que le puedes poner un nombre, tiene sus propias necesidades: pasa hambre y tienes que enseñarle a cocinar; suda y tiene urgencias escatológicas, así que debes mandarle que se duche y visite al “señor Roca”; se siente solo y hay que llevarle a visitar a otros “sims” con lo que habla, ríe, discute, se enamora, tiene sexo y se reproduce… O sea, como tener un hijo pero sin el disgusto de que te salga “torcío”. ¡Hasta puedes elegir si quieres que sea gay o hetero!

Pero claro, no todo en esta vida es dar abrazos a los vecinos o cultivar tomates en el jardín de tu mansión virtual. Y tu personaje, de lunes a viernes, tiene que trabajar. Para ello debe buscarse un curro y, por fortuna, no es tan difícil como en el mundo real. Basta una visita o una llamada al Ayuntamiento de la ciudad, o al laboratorio, o a la tienda… para convertirte en político, científico o tendero, respectivamente.

Por supuesto, para darle más realismo al asunto, en el trabajo empiezas siendo el último mono: un mierdecilla, vamos. Cobras sólo 100 Simoleones al día, que es lo que cuestan 10 tomates. Y al final resulta más rentable pasar la tarde, después del trabajo, pescando en el parque para vender después la mercancía al tendero de la ciudad.

En cualquier caso, como yo no soy ministro de Ciencia e Innovación, sí creo en la importancia del I+D, así que decidí convertir a mi Sim en científico. Le mandé al laboratorio de la ciudad y solicitó un empleo. Le contrataron como ayudante de laboratorio: nueve horas al día, 100 simoleones y malas condiciones laborales.

Sin embargo, le hice esforzarse mucho: todos los días se levantaba pronto de la cama, se preparaba un buen desayuno y se duchaba y hacía sus necesidades. Siempre llegaba al trabajo puntual y con el máximo higiene. Por otra parte, me enteré de cuál era la casa de mi jefa (el Sim Anita) y me esforcé por entablar una buena amistad a base de descubrir cuáles eran sus gustos y después charlar con ella sobre éstos.

Finalmente, al cabo de tres semanas, me ascendieron a técnico de laboratorio. Ahora, trabajaría una hora menos y cobraría 150 Simoleones. No era mucho, pero me sentí realizado.

Al día siguiente, mi Sim murió. Resulta que se escaparon de sus jaulas los chimpancés que teníamos en el laboratorio. Uno atacó a mi personaje y, supongo, le golpeó hasta la muerte.

Había aprendido la lección, desde luego. Así que esta vez decidí tomar el camino fácil. Cree un nuevo personaje y fui menos magnánimo al diseñar su personalidad. En lugar de simpático, noble y trabajador elegí que fuera borde, mezquino y vago.

Y, por supuesto, se acabó eso de dar oportunidades a la Ciencia. Iríamos a lo seguro: al Ayuntamiento. En lugar de una rata de laboratorio, mi personaje albergaba ahora otra vocación: la de político.

No hizo falta  mucho esfuerzo, ni madrugar, ni hacer la pelota a los jefes. En sólo un día en el curro, al acabar mi jornada, el juego me mostró el siguiente mensaje:

¡Ay, la política!

P.D.: Esta noche, a las 22:00 horas, juegan el Real Madrid y el Levante. Los aficionados podrán seguir el encuentro por La Sexta, las Autonómicas y ¡por Marca.com! Aprovechen, queridos amigos, semejante oportunidad. Pocas veces pueden uno regocijarse con los músculos tensos de Cristiano Ronaldo sin tener que pagar por ello (o hacerlo piratonamente con Rojadirecta.com). (Perdón por el error. Pero Gabilondo se despide mañana, así que…)

Mañana, a las 22:00 horas, nueva entrega de Gran Hermano en Telecinco.

Además, ¿se les ocurre algo mejor? Como si quedase alguien interesado en ver, a esa misma hora, el que será el último programa del defenestrado Iñaki Gabilondo en la defenestrada CNN+. La última vez que este fantástico periodista (que ha ganado lo que le quedaba cuando ha visto que llegaba “el fin de su carrera”) mirará a los ojos a los espectadores para sacudir sus mentes y expresar lo que muchos piensan, aunque carezcan de las palabras que él sí tiene.

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