Caerse del caballo

En las noches de verano, reclinados en las tumbonas del Carrefour y escudriñando el crecimiento de las arizónicas que delimitan los jardines de 30 metros de sus adosados de la periferia, muchos trabajadores perdieron la conciencia de clase y se desmovilizaron. Les confundió el olor a sardinas de las barbacoas y esas estrechas escaleras de las viviendas en altura, en las que creyeron ver el símbolo de su ascenso en la escala social. De tal intensidad fue este fenómeno, que los obreros de toda la vida empezaron a reclamarse clase media, empujando al peldaño superior a sus anteriores inquilinos. Nada había cambiado salvo los nombres. En esas llegó la crisis, que se ensañó con los de siempre aunque se llamaran de otra manera. No hay nada que proletarice más como las colas del INEM.

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El Proletario que volaba

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