Antonio el funcionario

Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal… La voz de Joaquín Sabina resonaba siempre con fuerza en la cabeza de Antonio al tiempo que pasaban las estaciones de la Línea 1 ante él. En 20 años como conductor de Metro, aquel era el único momento musical de su jornada. Pero Antonio no tenía hoy el coño pa’ farolillos, ni para canciones.

Parar, abrir puertas, cerras puertas, arrancar… La rutina de Antonio no era especialmente difícil y apenas había posibilidad de cometer un fallo. Entre los botones chispeantes de la consola que tenía frente a sí no había ninguno que rezase: “Hundimiento de Lehman Brothers”, “Caída de la bolsa un 5’4%” o “Bancarrota de Grecia”. Y, si hubieran existido, él no los habría pulsado nunca.

Sin embargo, y aunque su uniforme de trabajo era perfectamente ajustable, un montón de señores con tirantes le decían ahora que tenía que apretarse el cinturón. Él, que no sabía nada de mercados de valores, ni de deuda pública, ni de su puta madre…

Aunque Antonio no había cometido errores en estos 20 años bajo tierra, ahora le iban a bajar el sueldo un 5%. Y ya podía olvidarse de que se lo fueran a subir en dos años. Su padre, que pasaba sus últimos días viviendo junto a él en su piso de Carabanchel, también había dejado de soñar con que su mísera pensión fuese a crecer.

La ilusión de darle un nieto a su padre también se había desvanecido: sin los 2.500 euros del cheque-bebé, la esposa de Antonio, en paro, había rechazado tener un retoño que le sacase de la depresión. En fin, bastante tenían ya con preocuparse con que su hermano deficiente no fuera a recibir una pensión por dependencia.

Acabada la jornada, Antonio pasó de la cabecera a sentarse dentro de los vagones para llegar a su casa. Sobre el asiento vacío que estaba a punto de ocupar encontró un ejemplar arrugado de 20 minutos. Contaban que “los sacrificios” que Zapatero había pedido a “la columna” que sustenta el país, o sea, los que menos tienen, buscaban ahorrar al Estado 15.000 millones de euros.

Por lo visto, eran exigencias de unos señores que respondían no a nombres y apellidos, sino a siglas como FMI, BM y OCDE. Antonio no les conocía a ninguno. No había votado jamás por ellos ni les había visto hablar nunca en ningún telediario.

Ya en su portal en Carabanchel, esperando el ascensor, Antonio se dio cuenta de que todavía llevaba el periódico en la mano. Como el cacharro no llegaba y ya había acabado con los Deportes, decidió cometer una osadía pionera hasta ese momento: echar un ojo a la sección de Economía. Quizás allí encontrase los retratos de ese tal FMI y OCDE.

En lugar de las esperadas fotografías, sólo había noticias con números:

–          Los cinco grandes bancos españoles ganaron en 2009 15.694,9 millones de euros (más de lo que recorta Zapatero)

–          Alfredo Sáez, consejero delegado del Banco Santander, recibirá 80 millones de euros de pensión (100.000 veces más que la mensualidad del padre de Antonio)

La rabia que le habían producido estas dos noticias le hizo temblar tanto las manos que tardó cinco minutos en acertar para abrir la puerta de su casa. Ya en la entradita, cuando estaba a punto de dar un portazo como única manera de desahogarse, escuchó una voz femenina: “Hay que empezar a quitarse el miedo de la crisis que tenemos en este país y empezar a vivir”.

La voz venía de la televisión del salón. Frente a ella, su padre y su mujer dormían en el sofá, víctimas del cansancio que conlleva no hacer nada durante todo el día. Sólo quedaba despierto su hermano, erguido en su silla de ruedas y ensimismado con un programa cuya atrofiada mente le impedía entender.

Se trataba de Mujeres y ricas y era el último reality de La Sexta. En la pantalla, la misma mujer que pedía perder el miedo a la crisis, ahora conducía un Ferrari junto a una amiga, camino de una discoteca. Después, imágenes de señoras comprando cuadros de Miró y probándose vestidos de Versace.

Antonio, ya más tranquilo, se sentó en el sofá. “Mi familia también se merece todos esos lujos”, pensó. “Yo también quiero que mi esposa empiece el día dándose un baño en el jacuzzi. Que sólo tenga que decir ‘lo quiero’ para que yo se lo dé. Que la única preocupación de mi padre sea si le tocará una buena mano en el bridge. Que mi hermano pueda tener una asistenta a su servicio 24 horas al día. Que…”.

“Echa la primitiva mañana”, farfulló su hermano, en el único instante de lucidez que tendría en su vida, para volver después al limbo de los discapacitados.

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