Cañonazos de realidad

Groucho Marx

Groucho Marx

“Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Groucho Marx dixit. ¿Es fácil tener principios, defender unos valores? Por supuesto que sí. Por ejemplo, Jaime Mayor Oreja es un experto en la materia. No hay tertulia, entrevista, encuentro en que este hombre no saque el tema a relucir. Pongamos un caso práctico:

Ciudadano: Perdone, ¿me puede decir más o menos qué hora es?
Jaime Mayor Oreja: Son las tres menos cuatro minutos, maldito relativista moral.
Ciudadano: ¡Oiga! Que yo no le he faltado al respeto…
Jaime Mayor Oreja: ¡Ni podría! Para eso hace falta tener principios y valores. ¡Y usted no los tiene!
Ciudadano: Mire, conozco niños de pañal más educados que usted.
Jaime Mayor Oreja: ¡Ya! Y seguro que le gustaría matarles a todos. ¿Verdad? ¡Abortista! ¡Bolchevique!
Ciudadano: ¡Socorro! ¡Policía!

Tiendes a pensar que la rutina de la semana, la pesadilla del lunes-viernes infinito, al menos puede servirle a uno para afianzar sus valores, y sus principios. Construir una fortaleza moral a base de ladrillos de lo inmutable debería ser fácil. No es mi caso. Supongo que por causas laborales uno se enfrenta cada día a pellizcos de realidad horribles. Y el día a día, en lugar de darte adoquines, lanza cañonazos que hacen temblar los cimientos de tu pequeño castillo.

Por ejemplo, uno se entera un día de que ciertas radios de renombre se dedican a cobrar ciertas cantidades a asociaciones, grupos o partidos para realizar microespacios de sus actividades. Bonitos publirreportajes. Piezas de calidad y formato periodístico. El oyente cree estar ante información, pero son 10 minutos de publicidad.

Es penoso que la prensa progresista se desgañite exigiendo Derechos Humanos en Cuba, y luego cambie sistemáticamente la palabra “Gobierno” por “régimen” en las notas de de prensa de EFE sobre Venezuela. O que en la España de 2010 un político pueda ordenar el cierre de una exposición fotográfica porque no le gusta cómo sale su partido en las imágenes.

Son tristes esos periodistas que dan lecciones en un máster de periodismo de investigación. Que se llenan la boca de respetos a la presunción de inocencia, de ética y deontología. Que presumen de haber destapado grandes casos de corrupción en los 90 y luego aparecen en las grabaciones del caso Gürtel, cenando con los Correas, Crespos y Bigotes de turno; proponiéndoles hablar con Alejandro Agag para montar la Fórmula 1… ¡en Marruecos!

Uno no sabe si llorar o reír ante el caso de Eladio Fernández. Anteayer, el dirigente socialista acumulaba 20 años de militancia en el PSOE de Orense. Se desgañitó hasta el límite denunciado el caciquismo del PP en la provincia gallega. “Donde uno puede escuchar la banda sonora de El Padrino con acompañamiento de gaita”, como dice Escudier. Una mafia que encarnaba Baltar padre y que ahora ha dejado en herencia a Baltar hijo. Si se les empiezan a saltar las lágrimas, les propongo leer la entrevista en El País al tal Eladio, donde explica las razones de su fichaje. Se reirán, se lo aseguro.

Con todo este percal, llega el fin de semana, y lo que menos te apetece son más bombardeos. No quieres sorpresas ni imprevistos. Algo también imposible en tu casa, con dos inquilinos autodestructivos. Pides orden. Necesitas, en fin, vivir dentro de un puto anuncio de IKEA, con su banda sonora pegadiza, porque estos suecos te amueblan hasta la cabeza. “Yo me quedo para siempre con mi reina y su bandera…”, y sus timing y sus planning

Y cuando ya tienes esa casa y a tu Project manager al lado, ¿qué mejor manera de conseguir el orden absoluto? Con una visita al único lugar en el mundo terrenal que roza la armonía total. Como diría Willy Toledo: “Donde todo es perfecto. La luz, la música, los colores… el aroma”. Exacto. El Corte Inglés.

Su supermercado, de orden cromático, está poblado por la misma fauna que a lo largo de la semana has visto en las noticias, rugiendo en la última manifestación contra el aborto. Pero ahora se han convertido en entrañables viejecitas que te piden ayuda para abrir una botella de agua. Otras no necesitan tu colaboración porque les acompaña una sudamericana o una filipina, que se encarga de embolsar la compra y buscar en su bolso de Vuitton la cartera para pagar.

La cumbre del bienestar humano se esconde en la panadería de El Corte Inglés. Al impacto visual de la bollería, que más que horneada parece esculpida, se suma el olor del pan recién hecho. Hay quien asegura que es un aroma artificial usado con fines comerciales, pero tú crees que ningún ser humano podría crear esa maravilla.

Te colocas en la larga fila, a disfrutar del panorama, hasta que llegan Guille y Diego, dos niños hiperactivos, de 6 y 8 años, que llevan toda la mañana desquiciando a su joven madre. Al llegar su turno, la madre pierde por unos segundos la atención. Y Diego y Guille se escurren entre los estantes de golosinas. Justo cuando ella está encargando unas esponjosas torrijas, Diego reaparece, compungido porque no encuentra a su hermano pequeño.

Al principio, la madre sigue en piloto automático, asintiendo con la cabeza a su hijo, aunque no le escucha. Pero es sólo un momento. En seguida, la señora se da cuenta de que la cosa va en serio, que Guille se ha perdido. Deja abandonado su carro de diseño y sale corriendo instintivamente a la calle, porque ya se sabe que dentro del centro comercial, ese mundo perfecto, no corre peligro. Diego, al ver a la histeria apoderarse de su madre, cambia su cara, que ahora es de verdadero pánico. En algún lugar de su cabeza entiende que, con sólo 8 años, acaba de perder a su hermano pequeño. Y grita desesperado: “¡Guille, Guille!”, grita, entre lágrimas de terror.

Poco a poco, la angustia se va contagiando a todos los clientes. Las señoras giran la cabeza ante los gritos, su gesto se tuerce y empiezan a darse codazos. Nosotros, que veníamos buscando un sábado bucólico, de repente nos vemos en un plató de ¿Quién sabe dónde? En la panadería, ha llegado ya mi turno, pero las tenderas están más pendientes del dramón que de mí.

No estoy dispuesto a que Guille y Diego me jodan mi viaje lisérgico, así que me salgo de la cola. Total, no se va a mover hasta que aparezca el chaval… Empiezo a seguir el camino que haría si tuviera 6 años. Chucherías, gominolas, chocolate, bollería industrial… De repente, se acaban los dulces y me atrapan los efluvios de la sección de perfumería. Justo en medio, está parado Guille, con una caja de 3 huevos Kinder en la mano. Una cajera le está preguntando si se ha perdido. “Eres Guille, ¿verdad?”, le pregunto. Me dice que sí con la cabeza y me da la mano. “Vamos, anda, que te está buscando tu madre”.

Mmmmmmm

Mmmmmmm

Cuando volvemos a la panadería, su madre está temblando. Ve a su hijo y corre a abrazarle. Me sonríe y apenas acierta a darme las gracias. “¡Y encima te has perdido por esto!”, grita a Guille, arrebatándole los huevos Kinder. Se muestra enfadada pero vuelve a estar feliz. El orden se ha vuelto a restablecer. Y las señoras me han guardado el sitio en la cola.

– “¿Qué le pongo?”, me dice la chica venezolana del puesto.
– “Dos muffins, por favor”.
– “¿Cuáles?”
– “Me da igual. Son todos iguales. Perfectamente iguales…”

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Una respuesta to “Cañonazos de realidad”

  1. Inmaculada Says:

    siempre pense que groucho marx era un genio. bonita historia la de guille

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